La Luna es una esfera sin aire hecha de un denso escombro rocoso llamado regolito. Cuando partículas rápidas del espacio chocan contra ella, en el suelo nacen muones, parientes inestables de los electrones, pero doscientas veces más pesados. La mayoría vuela hacia abajo y se apaga en la profundidad. Pero los que salen disparados hacia arriba, al vacío, logran recorrer decenas de kilómetros antes de desintegrarse. Y son precisamente esos los que se propone capturar.
La idea es tan simple como un sonar: los muones se absorben débilmente en la roca, pero los vacíos o el agua alteran su flujo. Un instrumento sobre la superficie, en un módulo de aterrizaje o en un satélite, cuenta las partículas que llegan. Donde hay una cueva bajo el suelo, hay un poco más de muones: no tuvieron que atravesar una capa extra de roca. Donde hay agua, hay un poco menos: el agua retiene parte de las partículas.
Los autores calcularon todo con un modelo informático. En una llanura plana, la señal de un vacío del tamaño de una habitación aparece en 40–50 segundos. El hielo de agua a unos pocos metros de profundidad deja una huella más débil, pero aún perceptible, tras unos diez minutos de acumulación de datos. La sensibilidad aumenta si se eleva el detector: en una órbita de cien kilómetros, la imagen se vuelve más nítida porque entran en el encuadre más muones que han atravesado el suelo en diferentes ángulos.
Ese 'rayos X' de muones será útil para las futuras misiones lunares. Las cuevas podrían servir de refugio para las bases, protegiendo de la radiación y los meteoritos. El agua es un recurso para respirar y para combustible. Y todo esto se puede explorar simplemente escuchando la 'lluvia' de partículas que la propia Luna crea.
Los muones viven solo 2,2 microsegundos, pero gracias a su velocidad cercana a la de la luz recorren cientos de metros en el aire y decenas de kilómetros en el vacío.