El cerebro se comunica con breves chasquidos eléctricos. Antes, para aprender este lenguaje, se necesitaban miles de ejemplos traducidos por un experimentador. El método MOJO sigue otro camino: como cuando se aprende un idioma por inmersión, primero escucha el 'flujo de conciencia' sin pistas y encuentra por sí mismo patrones repetitivos. Luego, al recibir un pequeño diccionario —muestras de señales asociadas a movimientos o palabras—, convierte el ruido confuso en órdenes claras.
Experimentos con monos y ratones mostraron que incluso una o dos pistas mejoran drásticamente el resultado, superando a los algoritmos clásicos, ávidos de datos.
Este sistema en cascada reduce la incertidumbre y permite trabajar con cualquier señal, desde neuronas individuales hasta grandes grupos. Además, se aclara el funcionamiento de las redes vivas hechas de carbono. Y como el autoaprendizaje no requiere etiquetas costosas, se pueden aprovechar enormes archivos de grabaciones cerebrales acumuladas, lo que acerca la era de asistentes para personas con parálisis. La idea no es nueva: ya John von Neumann reflexionaba sobre el parentesco entre la mente y la máquina.
En un segundo de grabación de cien neuronas destellan hasta 20 000 descargas eléctricas: una verdadera orquesta donde cada impulso toca su propia nota.
La tecnología de lectura directa de intenciones motoras recuerda a las interfaces neuronales de la película 'Avatar', donde la mente humana controla el cuerpo del avatar.