Un enjambre de mosquitos parece una nube viva: cientos de cuerpos dan vueltas juntos, pero nadie se alinea ni repite los movimientos del vecino, como hacen los estorninos o los peces. Durante mucho tiempo no se entendía en qué se basaba esa unidad. Los autores del nuevo trabajo sugirieron que los insectos se comunican mediante el sonido. Cada individuo oye el zumbido de muchas alas a su alrededor y vuela hacia donde ese zumbido es más fuerte: hacia el centro de la 'nube sonora'.
El modelo resultó ser simple y potente. Reprodujo la extraña danza que a veces se observa en la naturaleza: una pareja de mosquitos se separa del enjambre y gira en espiral uno alrededor del otro. Las matemáticas mostraron que esa separación en parejas es el camino hacia la desintegración de todo el grupo. Y aquí entra en juego un aliado inesperado del orden: el ruido aleatorio. Las pequeñas interferencias en las señales impiden que las parejas se acerquen demasiado, y el enjambre permanece intacto.
Así, la naturaleza utiliza el comportamiento colectivo sin líder ni reglas complejas. Basta con escuchar a los vecinos y volar hacia el zumbido común. Las fallas aleatorias no destruyen el sistema, sino que, al contrario, curan sus puntos débiles, como un leve temblor en las manos de un cirujano a veces hace el corte más preciso.
La frecuencia de aleteo de los mosquitos es de unos 500–600 hercios, casi la nota 're' de la segunda octava. Un enjambre suena como una orquesta desafinada de miles de esos 're'.