Un agujero negro atrapa todo lo que se acerca demasiado. Pero si en lugar de un solo objeto lanzas un par, uno de ellos puede salir disparado de vuelta, llevándose parte de la energía de rotación del agujero. Este truco, ideado por Roger Penrose en 1969, funciona solo porque el agujero negro tiene un horizonte: el límite del cual nada regresa. Ahora resulta que el horizonte no es imprescindible.
Tomemos un cúmulo de materia que gira rápido, parecido a una estrella pero sin superficie sólida. A su alrededor hay una región donde el propio espacio es arrastrado por la rotación, como el agua en un remolino. Una partícula que caiga allí puede dividirse en dos: una adquiere energía negativa y queda dando vueltas en el interior, mientras que la otra sale disparada con más energía de la que tenía la original. Antes se pensaba que para esta proeza se necesitaba un horizonte que “se tragara” el fragmento negativo. Resulta que basta con que ese fragmento simplemente se atasque en la zona de rotación, como una astilla en un remolino.
Los autores probaron la idea con un ejemplo concreto: la llamada estrella de bosones. Es una nube de partículas ultraligeras mantenida por su propia gravedad, sin un límite definido. Los cálculos mostraron que una partícula puede desintegrarse, un fragmento queda atrapado en la región en rotación y el otro escapa con energía extra. Además, escapa de manera garantizada si la estrella es simétrica respecto al ecuador.
Así que para extraer energía de rotación no hace falta un agujero negro. Basta con un objeto compacto que gire rápido y no tenga horizonte. Esto cambia la visión de cómo están hechos los núcleos activos de galaxias y otras fuentes de radiación intensa. Quizás algunos de ellos no sean agujeros negros, sino algo más exótico.
El púlsar más rápido conocido da más de 700 vueltas por segundo: su superficie se mueve a una velocidad cercana a la cuarta parte de la velocidad de la luz.