El cielo nocturno parece tranquilo, pero en realidad partículas invisibles —los rayos cósmicos— nos atraviesan constantemente. Entre ellos hay electrones y sus antipartículas, los positrones. Cuando chocan con detectores en satélites o globos aerostáticos, los instrumentos registran su energía. Y aquí comienza el enigma: en la gráfica donde el eje horizontal es la energía y el vertical es el número de partículas, no se ven líneas suaves, sino quiebres y protuberancias. Como si alguien hubiera añadido al flujo general partículas extra con energías específicas.
Para entenderlo, los investigadores construyeron un modelo en el que los electrones cósmicos provienen de dos fuentes. La primera es un fondo difuso: partículas que vagan por la galaxia y van ganando energía gradualmente gracias a las explosiones de supernovas. La segunda son objetos cercanos concretos, como los púlsares. Un púlsar es una estrella de neutrones que gira rápidamente y, como un faro, emite haces de radiación. Cerca de ese faro, los electrones pueden acelerarse hasta velocidades enormes. Los científicos calcularon cómo estas partículas viajan hacia nosotros, perdiendo energía en el camino por la interacción con la luz y los campos magnéticos.
Resultó que si se tiene en cuenta no solo el flujo constante del púlsar, sino también posibles eyecciones puntuales, se pueden reproducir esos quiebres en el espectro. Son especialmente interesantes los datos del satélite chino DAMPE, que midió energías de hasta varios billones de electronvoltios, miles de veces mayores que la energía de las partículas en el Gran Colisionador de Hadrones. El modelo con púlsares cercanos describe bien esos puntos. Por lo tanto, para explicarlos no se necesitan hipótesis sobre la desintegración de la materia oscura ni otros procesos exóticos: bastan las fuentes astrofísicas ordinarias.
Este enfoque ayuda a distinguir lo “ordinario” de lo “extraordinario”. Si en el futuro los datos muestran un quiebre que no encaja en el modelo de púlsares, eso será una señal para buscar nuevos fenómenos físicos. Mientras tanto, el cielo nocturno sigue enviándonos sus mensajes cifrados, y nosotros aprendemos a leerlos.
La energía de los electrones cósmicos más rápidos puede superar en miles de millones de veces la energía de las partículas en los aceleradores médicos, pero se generan de forma natural en las cercanías de los púlsares.