Un reactor de fusión es como un horno sobrecalentado donde el plasma alcanza millones de grados. Las paredes de ese horno se hacen de tungsteno: es el metal más refractario que existe. Pero ni el tungsteno aguanta sin protección: las partículas rápidas del plasma bombardean la superficie y arrancan átomos. Esos átomos desprendidos entran al plasma y lo enfrían, como una cucharada de leche fría en un té caliente. Para reducir la contaminación, se rocía una capa fina de boro sobre las paredes; esta técnica se llama boronización.
Hasta ahora no estaba claro cómo se deposita el boro sobre el tungsteno ni qué ocurre bajo irradiación. Los autores construyeron un modelo computacional que aprende de cálculos cuánticos precisos. Con él simularon millones de átomos y siguieron cada uno. El modelo mostró que el boro forma una capa densa sobre la superficie, no una película delgada y dispersa. Además, la orientación de la superficie afecta cuántos átomos salen despedidos en un impacto.
Este enfoque permite acelerar la búsqueda de mejores recubrimientos para futuros reactores. En lugar de costosos experimentos, se pueden probar rápidamente cientos de opciones en la computadora. Y algún día las paredes del caldero de fusión serán tan resistentes como una sartén de hierro fundido.
El boro no solo se usa en reactores: forma parte del vidrio de borosilicato, que retiene neutrones, e incluso de detergentes.