La vida comienza con una burbuja. En un charco cálido de la Tierra antigua, las moléculas de grasa pudieron agruparse en esferas diminutas: los prototipos de las células. Dentro de una de esas esferas, por casualidad, había un polímero que aceleraba la captura de nuevas grasas del agua circundante. La burbuja crecía, se dividía y transmitía su composición a las descendientes.
Cada variante crecía a su manera. Algunas burbujas absorbían la grasa con avidez y se hinchaban, otras apenas cambiaban y otras se encogían. El crecimiento se describe con una fórmula simple, como la velocidad de una reacción química. Se obtuvo un mapa de aptitud: qué burbuja gana depende de cuánta comida hay alrededor. Esto es evolución en un tubo de ensayo, sin genes, solo física y química.
La burbuja que mejor utiliza el alimento disponible deja más descendencia. Tras unas pocas generaciones, su composición comienza a dominar. Es el mismo mecanismo que en los seres vivos, solo que en lugar de ADN hay una mezcla simple de grasas y polímeros.
Las células artificiales de este experimento se dividían solas, sin ninguna orden externa, simplemente porque crecían y se volvían inestables.