El médico mira la pantalla y ve dos imágenes de la misma zona del cuerpo. Una muestra dónde la sangre es rica en oxígeno; la otra, a qué velocidad corre por los vasos más finos. Antes, estas imágenes las tomaban aparatos distintos y era difícil combinarlas. Ahora, los ingenieros han construido un dispositivo que realiza ambas tomas a la vez.
Dentro del aparato hay una placa plana con muchos sensores de ultrasonido diminutos, como un panal con micrófonos. Emite ondas sonoras inaudibles y capta su eco. Un modo hace que la sangre “suene” bajo un haz de luz y, a partir de ese sonido, calcula el oxígeno. El otro modo sigue unas microburbujas marcadas en la sangre y, con su movimiento, dibuja un mapa del flujo.
El dispositivo se probó en tubos de vidrio con sangre artificial y luego en ratones vivos. Midió la saturación de oxígeno desde el sesenta hasta el noventa y cinco por ciento, con un error de solo cinco por ciento. Además, bastaron solo cinco destellos de luz de distintos colores, en lugar de decenas como antes.
Por ahora, el método tiene una debilidad: debido a la forma plana del sensor, algunos vasos quedan en sombra, como un objeto detrás de una linterna. Pero incluso con esa sombra, el aparato ya ayuda a estudiar cómo la sangre lleva oxígeno al cerebro, los riñones y los tumores. El siguiente paso es reducir la sombra y aplicar el dispositivo en humanos.
El ultrasonido que escucha el dispositivo tiene una frecuencia cien veces mayor que el chirrido de un mosquito. El oído humano no lo percibe, pero el sensor sí distingue el movimiento de la sangre en un vaso más fino que un cabello.