Una estrella de neutrones es el núcleo colapsado de una estrella muerta: una cucharadita de su materia pesa mil millones de toneladas. Parecería que en tales condiciones la gravedad cuántica debería manifestarse. Pero entre la densidad de la estrella y la densidad de Planck hay un abismo de 10⁸⁰ veces. Es como buscar la huella de una gota en el fondo del océano.
Hay tres puertas por las que la gravedad cuántica podría entrar. La primera es el principio de incertidumbre generalizado: si a pequeñas escalas el espacio deja de ser liso, las partículas tienen menos estados disponibles. La segunda es la geometría no conmutativa: las coordenadas dejan de multiplicarse de la manera habitual y la materia se extiende. La tercera son las correcciones a la gravedad debidas a curvaturas superiores.
El autor atraviesa cada puerta y muestra que, para que el efecto sea perceptible, los parámetros de los modelos deben amplificarse en decenas de órdenes de magnitud. Esto significa que las observaciones de estrellas de neutrones no limitan la gravedad cuántica en sí, sino solo los modelos con parámetros artificialmente reforzados. El trabajo ofrece un conjunto simple de pruebas para distinguir afirmaciones sólidas de artefactos.
La densidad de Planck es aproximadamente 10⁸⁰ veces mayor que la densidad de una estrella de neutrones. Si la estrella tuviera densidad de Planck, su masa cabría en un volumen 10⁸⁰ veces menor que un protón, una brecha evidente entre el laboratorio y la escala fundamental.
La idea de que el espacio-tiempo a pequeñas escalas deja de ser liso y las coordenadas no conmutan recuerda a la "espuma cuántica" de las novelas de Greg Egan, donde la estructura del espacio a longitudes de Planck influye en fenómenos macroscópicos.