
En la antigüedad, los cometas se consideraban presagios de desgracias. Isaac Newton, usando la ley de gravitación universal, demostró que los cometas se mueven en órbitas. En 1705, Edmond Halley calculó que los brillantes cometas de 1531, 1607 y 1682 eran el mismo, y predijo su regreso en 1758, lo cual se confirmó.
Cuando un cometa se acerca al Sol, el hielo de su superficie se convierte en gas, escapando en chorros. La radiación solar y el viento solar empujan el polvo y el gas ionizado, formando dos colas: una de polvo, curvada a lo largo de la órbita, y otra iónica, recta y apuntando directamente lejos del Sol.