
Las primeras enanas rojas se observaron ya en el siglo XIX. A principios del siglo XX, los astrónomos las clasificaron como una clase separada de estrellas de baja masa. Durante mucho tiempo se pensó que cerca de ellas no podía haber planetas con vida, pero los descubrimientos modernos mostraron lo contrario.
En el interior de la enana roja, el hidrógeno se transforma en helio liberando energía, pero las reacciones son lentas debido a la baja temperatura y presión en su interior. A diferencia del Sol, la materia de la estrella se mezcla por completo: el hidrógeno de las capas externas fluye constantemente hacia el núcleo y el helio no se acumula. Por eso la estrella brilla de manera estable durante billones de años.