Muy por encima de la capa de hielo de la Antártida, un globo con un detector permaneció suspendido durante veinte días. Atrapó diminutas partículas que habían viajado millones de años hasta nosotros desde lejanas explosiones estelares. Ahora los científicos han analizado su captura y han contado cuánta energía portaban los protones y los núcleos de distintos elementos.
Resulta que no todas las partículas son iguales. Los protones (núcleos de hidrógeno) pierden energía más rápido que los núcleos de helio: su espectro es más pronunciado. En cambio, en los núcleos de carbono, por encima de 10 TeV (que es como la energía de un mosquito en vuelo, pero concentrada en una sola partícula subatómica), la pendiente cambia: el espectro se vuelve más plano. Este comportamiento no se ajusta a una simple ley de potencias y sugiere que las partículas tienen fuentes o caminos distintos en la Galaxia.
El detector también midió la masa media de las partículas. Con el aumento de la energía, esta masa se comporta de forma compleja: primero crece, luego decrece y después vuelve a crecer. Esa curva "jorobada" indica que la composición de los rayos cósmicos cambia con la energía y que distintos elementos provienen de distintos lugares. Quizás los núcleos pesados nacen más cerca de nosotros, mientras que los protones ligeros vienen de más lejos, de aceleradores más potentes.
El globo sobre la Antártida se convirtió en una ventana a los rincones lejanos de la Galaxia. Ahora entendemos mejor de qué están hechos los rayos cósmicos y cómo viajan.
El experimento ATIC-2 voló en un globo sobre la Antártida en 2002–2003 y permaneció en el aire unos 20 días, recolectando rayos cósmicos.
En la novela "Solaris" de Stanisław Lem, el océano del planeta estudia a los humanos enviándoles sus propios recuerdos; de manera similar, los rayos cósmicos nos traen información sobre explosiones lejanas que aprendemos a leer.