Para ver el brillo de un solo átomo, los científicos construyen un pasillo de dos microespejos. La luz rebota entre ellos, amplificando el débil destello. Pero cualquier vibración de los espejos lo estropea todo. Antes fijaban la distancia con un láser común, pero este entraba en la cámara como una linterna en los ojos al observar luciérnagas.
Ahora usan un haz en forma de dona. Su anillo brillante sujeta los espejos, y en el centro, donde las ondas de luz se anulan, hay oscuridad perfecta. La cámara solo ve el átomo, y el resplandor parásito se reduce cientos de veces. Este haz, ideado por los seguidores de Charles Townes, abre camino a dispositivos cuánticos donde cada fotón cuenta.
La estabilidad lograda es tal que si se ampliara la distancia a la Luna, las vibraciones serían más finas que un cabello humano.