Cuatro horas y cincuenta y ocho minutos. Con ese ritmo, como un metrónomo, algo pasa frente a la enana blanca ZTF J1944+4557, haciendo que su luz se atenúe en un tercio, y a veces casi a la mitad. Esta enana blanca, un remanente compacto de una estrella después de que se agota su combustible, se encuentra en la constelación del Cisne, y su pulso es inestable: los tránsitos se profundizan o desaparecen por completo. En 2024 desaparecieron durante siete meses, y en marzo de 2025 regresaron con la misma frecuencia, como si alguien hubiera vuelto a encender un viejo mecanismo.
Esta estrella no es un faro solitario, sino un escenario donde se representa el último acto de un sistema planetario. Cuando una estrella similar al Sol agota su combustible, expulsa sus capas externas y se contrae hasta convertirse en una enana blanca. Los planetas y asteroides que sobreviven a esta tormenta quedan en órbitas inestables. Aquellos que se acercan demasiado cruzan el límite de Roche, la distancia a la cual las fuerzas de marea destruyen el cuerpo, y se desintegran en nubes de polvo y gas. Son precisamente estas nubes, al girar en órbita, las que periódicamente ocultan la luz de la estrella. En ZTF J1944+4557, el período orbital de los escombros es de 4.9704 horas, y el semieje mayor de la órbita es de 1.3618 radios solares, lo que se aproxima mucho al límite de Roche para una enana blanca de 0.79 masas solares.
Durante mucho tiempo, los astrónomos solo conocían un objeto de este tipo: WD 1145+017, descubierto en 2015. Sus tránsitos también eran irregulares, pero para 2022 habían desaparecido, y nadie había visto su regreso. El nuevo sistema ZTF J1944+4557 se convirtió en el segundo con una órbita en el límite de Roche y en el primero donde se ha registrado un ciclo completo: desaparición durante siete meses y reanudación con el mismo período. Es como si un traductor, distraído por un susurro en la sala, se callara por un momento y luego continuara desde el mismo punto. Este comportamiento desafía los modelos que predicen la reposición del disco de escombros en cientos de años, no en uno o dos años.
Para observar este parpadeo, los astrónomos dedicaron más de 123 horas de observación en cuatro telescopios a lo largo de 3.3 años. Midieron el brillo de la estrella cada pocos segundos y luego buscaron periodicidades sin asumir de antemano la forma de la señal. Resultó que las partículas de polvo que ocultan la luz no absorben más la luz azul que la roja: los tránsitos son incoloros. Esto significa que el tamaño de las partículas no es menor de 0.2 micrómetros; de lo contrario, las longitudes de onda cortas se dispersarían más. Además, no se encontró un exceso infrarrojo que delatara un disco de polvo cálido: el límite superior para la masa del polvo es de solo 4×$10^{15}$ gramos, comparable a la masa de un asteroide pequeño.
La historia de ZTF J1944+4557 no es solo una curiosidad. Muestra que los discos de escombros alrededor de las enanas blancas pueden tener una vida propia y rápida: agotarse y reponerse en meses, no en siglos. Es posible que cerca de esta enana blanca se esconda otro cuerpo que, de vez en cuando, arroje fragmentos frescos hacia el límite de Roche. Futuros estudios, como el Observatorio Rubin y el Telescopio Espacial Romano, podrán monitorear cientos de sistemas similares y capturar el momento en que los escombros reanudan su danza. Entonces sabremos con qué frecuencia las estrellas moribundas reciclan sus planetas y qué queda después.
La profundidad de los tránsitos alcanza el 40%, lo que equivale a un eclipse de casi la mitad de la superficie de la enana blanca por una nube de escombros del tamaño de la Luna.
La idea de sistemas planetarios destruidos alrededor de enanas blancas recuerda a la novela de Arthur C. Clarke 'Cita con Rama', donde un objeto gigante atraviesa el sistema solar dejando rastros de destrucción.