Experimentos en celdas de diamante con calentamiento láser a presiones de 16–60 GPa y temperaturas superiores a 4000 K investigan la interacción del hidrógeno con el fundido de silicato. Se ha descubierto una intensa disolución de hidrógeno, y su concentración depende principalmente de la temperatura, no de la presión. La reducción del óxido de hierro en el fundido da lugar a la formación de agua y gotas ricas en hierro. Los resultados muestran que durante la formación de planetas con una gruesa envoltura de hidrógeno y un océano de magma se generan inevitablemente volúmenes significativos de agua. Esto tiene consecuencias de largo alcance para la evolución química del interior y la atmósfera de esos mundos.
El tipo de planeta más común en nuestra Galaxia son los mundos rocosos alrededor de otras estrellas, o exoplanetas, envueltos en el gas más simple, el hidrógeno. Su interior seguía siendo un misterio hasta que los científicos recrearon las condiciones del subsuelo en el laboratorio. Resultó que en su interior, el planeta funciona como una olla a presión gigante: con temperaturas superiores a 4000°C y una presión colosal, el hidrógeno penetra en la roca fundida, arrancando oxígeno de los óxidos de hierro. Nace agua, y el hierro liberado se acumula en gotas pesadas, como grumos en un caldo hirviendo. En un solo ciclo de cocción se acumula una masa de agua comparable a decenas de océanos terrestres, y al mismo tiempo se libera calor que calienta el planeta desde dentro durante mucho tiempo. Esta cocina subterránea reescribe la historia del agua en el Universo: los océanos pueden surgir no solo por impactos de cometas, sino también directamente del gas primigenio que envuelve al mundo recién nacido. Y si nuestra Tierra en su infancia también llevó un abrigo de hidrógeno, su propio océano mundial pudo haberse cocinado en el mismo caldero de piedra.
🎯 Si la joven Tierra hubiera logrado retener su envoltura de hidrógeno, ella misma habría «cocinado» su océano mundial, sin necesidad de cometas.