Las estrellas oscuras, alimentadas por la aniquilación de materia oscura en el universo temprano, pueden alcanzar mediante acreción masas en el rango de 10^4 a 10^7 M⊙. A esas masas se desencadena la inestabilidad relativista de Feynman–Chandrasekhar, que conduce a un colapso dinámico en un agujero negro. A diferencia de las estrellas normales, estos objetos evitan la evolución típica con quema nuclear e interacciones débiles, lo que las haría desintegrarse mucho antes de alcanzar tamaños supermasivos. Es notable que el mecanismo propuesto para la formación de agujeros negros supermasivos es robusto frente a variaciones en la masa inicial de la estrella oscura, la época de su formación, la tasa y la historia de acreción. Los agujeros negros así formados pueden servir como semillas para objetos aún más masivos (>10^9 M⊙) detectados con grandes desplazamientos al rojo.
Justo después del Big Bang pudieron nacer astros inusuales: las estrellas oscuras. A diferencia del Sol, no quemaban combustible nuclear, sino que se alimentaban de las colisiones de partículas de materia oscura, en las que esta libera energía. Como una bola de nieve que rueda cuesta abajo, esta estrella atraía gas rápidamente, acumulando hasta millones de masas solares. Su propia gravedad generaba una curvatura colosal del espacio, y la estrella colapsaba en un agujero negro. Este escenario fue predicho por Subrahmanyan Chandrasekhar y Richard Feynman: ninguna presión interna puede detener semejante desplome. Así, probablemente, surgieron los embriones de los agujeros negros supermasivos que vemos en los centros de las galaxias. Sin las estrellas oscuras, a los astros comunes no les habría alcanzado el tiempo para cultivar estos gigantes en el universo joven. Un dato asombroso: una estrella oscura de un millón de masas solares se extendería hasta la órbita de Plutón, pero su superficie sería más fría que una bombilla incandescente.
🎯 Una estrella oscura gigante se extendería desde el Sol hasta Plutón, pero su superficie calentaría menos que una bombilla casera: un contraste asombroso de tamaño y temperatura.