Los datos de la sonda Parker Solar Probe muestran que en la heliosfera interior predominan ondas de escala iónica con polarización circular. Las ondas polarizadas a izquierdas (ion-ciclotrón) se observan con más frecuencia cerca del Sol — hasta un 30% del tiempo — y están asociadas con prolongadas tormentas de ondas que transportan energía a partir de la anisotropía térmica (diferencia de temperatura a lo largo y perpendicular al campo) de los protones. Las ondas polarizadas a derechas (magnetosónicas rápidas) se correlacionan con un flujo térmico de protones intensificado; un algoritmo de aprendizaje automático identificó un umbral a partir del cual estas ondas se vuelven inestables. Como cauces invisibles, canalizan energía en el viento solar, revelando mecanismos de calentamiento turbulento.
El viento solar no es un arroyo tranquilo, sino una sopa burbujeante de partículas cargadas. La sonda Parker, al sumergirse cerca del Sol, captó dos tipos de ondas que actúan como batidoras. Las ondas levógiras, como un batidor de varillas en manos de un chef, agitan la materia cuando la temperatura a lo largo y a lo ancho del movimiento difiere. Rugen casi un tercio del tiempo cerca de la estrella, aumentando la proporción de las partículas más rápidas, como una batidora que empuja la espuma hacia la superficie.
Las ondas dextrógiras
Un análisis fino de la luz (espectroscopía) y el aprendizaje automático permitieron detectar el momento en que los chorros térmicos generan las ondas dextrógiras. Paradójicamente, es esta ondulación invisible, y no las eyecciones colosales, la responsable de calentar la enorme corona, cuya temperatura es cientos de veces mayor que la superficie del Sol. Del ritmo de estas ondas depende el clima espacial cerca de la Tierra.
🎯 El viento solar arrastra una masa equivalente al monte Everest aproximadamente cada minuto.