En tres sistemas binarios, una enana blanca —el núcleo muerto de una estrella— roba gas a su compañera. La compañera es tan tenue que no se ve con un telescopio normal. El telescopio James Webb observó estos pares en luz infrarroja, como una cámara de visión nocturna. Y por primera vez captó la luz de las propias estrellas donantes.
Antes se pensaba que en el infrarrojo brillaba la estrella donante. Resulta que brilla el disco de gas caliente alrededor de la enana blanca. Ese disco, como un remolino, hace girar la materia robada. En él se ven líneas de helio brillantes —dos picos, como dos fuegos en los bordes del remolino. En cambio, de la donante solo llega un débil rastro de sodio, como un reflejo en la mejilla.
Ese campo magnético impide que el disco se acerque demasiado. El gas se queda atascado a cierta distancia, como un coche ante una barrera. Esto explica por qué no se ven chorros rápidos en los espectros: la materia no tiene tiempo de acelerarse. Las tres estrellas donantes resultaron ser muy similares entre sí, aunque antes se las consideraba diferentes.
Ahora está claro: el exceso infrarrojo en estos sistemas indica un disco, no una estrella donante. Por lo tanto, las estrellas donantes son aún más tenues de lo que se pensaba. Son como compañeros silenciosos en un baile, visibles solo en los reflejos del sodio.
Los períodos orbitales de estos pares son de 50–62 minutos. Mientras lees este párrafo, la enana blanca da una vuelta completa alrededor del centro de masas común.