El agua se enrolla formando un anillo, y ese anillo vuela a través del fluido sin deshacerse. Estos anillos de vórtice, desde el humo hasta las corrientes submarinas, siguen leyes difíciles de capturar en el papel. Normalmente, el flujo se divide en millones de celdas cúbicas y se sigue cada una de ellas. El nuevo enfoque, en lugar de cubos, lanza una nube de partículas en el flujo: cada partícula es un pequeño vórtice que se mueve con el agua y la hace girar a su alrededor.
El punto débil de este método son los pequeños remolinos que las partículas no ven. Su efecto suele añadirse mediante un modelo separado con un ajuste constante. Aquí el ajuste cambia sobre la marcha: las partículas perciben cuán turbulento se ha vuelto el flujo y adaptan la corrección. Es como ajustar el volumen de la música escuchándola, en lugar de mirar las notas. Además, la fricción viscosa (como la miel en el agua) se distribuye entre las partículas, permitiéndoles "hincharse" ligeramente, lo que acelera el cálculo.
El método se probó en anillos de vórtice individuales y en anillos que se persiguen entre sí. Incluso con un número reducido de partículas, el movimiento de los anillos coincidió con el real: los anillos se alcanzaban, se atravesaban uno al otro, como en los experimentos con humo. Pero después de que el flujo perdía estabilidad y comenzaba a agitarse, el cálculo se mantenía solo gracias a un cuidadoso "peinado" de las partículas. Sin esto, los vórtices se deshacían en ruido numérico.
Los anillos de vórtice son el truco favorito de los delfines: soplan anillos de burbujas y juegan con ellos empujándolos con el hocico.