Una cuerda de guitarra, al ser pulsada, vibra — y el aire a su alrededor transmite esa vibración al oído. El espacio-tiempo vibra de otra manera: cuando una onda gravitacional lo atraviesa, se estira y se comprime ligeramente. Detectar esa vibración en frecuencias de 10 kilohercios a 100 megahercios es la tarea para la que se están construyendo detectores de un nuevo tipo.
La base es una cavidad superconductor de radiofrecuencia. Se trata de un «resonador» metálico en el que el campo electromagnético oscila de manera muy estable. Una onda gravitacional, al atravesar la cavidad, altera sus límites — apenas, en fracciones del tamaño de un núcleo atómico. El campo responde a ese cambio, y mediante el desplazamiento de la frecuencia se puede saber que la onda ha llegado. Pero para escuchar ese susurro se necesita silencio: la cavidad se enfría a 1,8 kelvin y se protege de las vibraciones sísmicas.
Estos detectores se instalarán en DESY y Fermilab. Abrirán una ventana a un rango que LIGO y Virgo no han explorado. Si las ondas gravitacionales de alta frecuencia existen, su origen podrían ser eventos exóticos — por ejemplo, colisiones de pequeños agujeros negros o procesos en el universo temprano.
A una temperatura de 1,8 kelvin, las cavidades superconductoras apenas pierden energía: el campo en su interior puede «sonar» miles de millones de veces antes de extinguirse.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, una señal extraterrestre se capta mediante una red de radiotelescopios; aquí, la humanidad intenta escuchar el propio fondo del universo.