Un termómetro que no miente durante años. Los termómetros de resistencia ordinarios, incluso los muy precisos, con el tiempo empiezan a fallar: el material envejece, los contactos se oxidan y las lecturas se desvían. El nuevo termómetro cuántico funciona de manera diferente: utiliza los propios átomos de rubidio como referencia.
Dentro de una diminuta celda de vidrio hay vapor de rubidio. Los científicos lo iluminan con un láser, los átomos se excitan y emiten luz de dos colores diferentes. La relación de brillo entre estos dos colores depende solo de la temperatura, y de nada más. Es como si midieras la temperatura por la altura de la llama: mientras arda el mismo gas, la altura indica el calor, no el estado del quemador.
La principal ventaja es la estabilidad a largo plazo. Un termómetro de platino debe revisarse y calibrarse regularmente, porque su resistencia cambia con golpes, vibraciones e incluso según cómo se haya sujetado. El termómetro de rubidio no teme esto: las propiedades de los átomos de rubidio no cambian ni en un año ni en diez. La precisión de 30 milikelvins (0.03 grados) se mantiene sin ningún ajuste.
Este dispositivo es especialmente necesario en el espacio, donde no es posible llevar el termómetro a un laboratorio para su verificación. Los satélites trabajan durante años en el vacío y con cambios de temperatura, y si un sensor empieza a fallar, todo el equipo científico puede fallar. El termómetro cuántico promete convertirse en un estándar de temperatura fiable y 'eterno' en órbita.
El rubidio se ha utilizado en los relojes atómicos más precisos, pero su capacidad de brillar de manera diferente a distintas temperaturas solo ahora se ha convertido en la base de un termómetro.