En el laboratorio, sobre la mesa, hay una trampa láser: una mano invisible que sostiene en el aire una esfera de vidrio del tamaño de una bacteria. Junto a ella, un resonador de espejos donde la luz rebota entre dos paredes reflectantes. Los científicos hicieron que la esfera y la luz intercambiaran entrelazamiento cuántico: ahora sus estados están vinculados de tal manera que, al medir uno, conoces al instante el otro. Es como dos bailarines que se mueven en sincronía, incluso si los separas en habitaciones distintas.
El entrelazamiento es un invitado raro en el mundo de los objetos grandes. Por lo general, habita entre átomos y fotones, pero aquí la pareja la forman un cuerpo macroscópico y la luz en movimiento. Para observar la conexión, los físicos utilizaron detección heterodina, un método en el que la señal débil se mezcla con un haz de referencia, como afinar una guitarra con un diapasón. Resultó que las correlaciones entre la esfera y la luz violan los límites permitidos para objetos independientes. Esto significa que la conexión cuántica salió del resonador y se extendió más allá.
El resultado es importante para el futuro de las tecnologías cuánticas. Las partículas levitantes podrían actuar como intermediarias en la comunicación cuántica, transmitiendo información a través de luz entrelazada. Además, es un paso hacia la verificación de las leyes cuánticas en objetos cada vez más grandes; quizás algún día veamos cómo el mundo cuántico transiciona al clásico que conocemos.
La nanopartícula en la trampa oscila a una frecuencia de unos 100 kHz, que es 5 veces más alta de lo que el oído humano puede percibir, pero 100 veces más baja que la frecuencia de las ondas de radio.
En la serie 'The Expanse', el entrelazamiento cuántico se usa para comunicarse al instante a través del sistema solar; aquí damos el primer paso hacia esa transmisión de señales.