Los satélites de planetas errantes pueden calentarse por fricción de marea lo suficiente como para mantener agua líquida. Las simulaciones muestran que una atmósfera de hidrógeno actúa como una manta perfecta: las colisiones de moléculas de H₂ retienen el calor, y no se condensa ni se destruye con el tiempo, a diferencia del dióxido de carbono. Con cierta presión, los océanos pueden persistir hasta 4.300 millones de años. Las fuertes mareas crean ciclos de humectación y secado, y el amoníaco disuelto le da alcalinidad al agua, condiciones favorables para el ensamblaje del ARN. Así, las lunas sin soles podrían convertirse en cuna de la vida.
Los planetas rebeldes, expulsados de sistemas estelares, pueden albergar vida en sus lunas. Una luna de un planeta así puede conservar calor y agua líquida durante miles de millones de años. Todo el secreto está en una fiable «manta» y una «estufa» interna.
Pero sin la manta, el calor se escapa. El dióxido de carbono es un mal aislante: se congela fácilmente. La densa capa de hidrógeno funciona como un edredón, atrapando el calor. Esto permite que el agua líquida exista hasta 4.300 millones de años.
Si añadimos a la atmósfera carbono, nitrógeno y amoníaco, obtenemos un entorno alcalino, ideal para la química de la vida. Incluso en la más absoluta oscuridad del espacio interestelar pueden florecer mundos cálidos.
🎯 La «piel» de hidrógeno de esa luna puede pesar tanto como varios océanos terrestres, pero permanecer transparente: en la superficie hay un crepúsculo eterno, pero hace calor.