Hay una tormenta lejana y el contador Geiger ya chasquea más a menudo. Así nos lo recuerdan los rayos cósmicos: un flujo de partículas cargadas procedentes de las profundidades del espacio. Al chocar con la atmósfera, generan lluvias de partículas secundarias, entre ellas los muones: parientes pesados del electrón que logran llegar hasta el suelo. Capturarlos es ver cómo respira el cosmos.
El polvo cósmico no tiene nada que ver aquí, pero el principio se parece a atrapar luciérnagas en un frasco. En el nuevo módulo, un muón entra en un centelleador de plástico, un material que al ser golpeado por la partícula emite un destello de luz. La luz viaja por fibras ópticas hasta los fotomultiplicadores de silicio, unos dispositivos que convierten el débil destello en una señal eléctrica. Así nace una línea en el registro de observaciones.
Lo más difícil es lograr que el detector no mienta con el tiempo. Normalmente, para ello se mantiene en un termostato, como el vino en una bodega. Aquí se prescindió de eso: la calibración interna y la comparación con otros detectores mostraron que las lecturas se desvían menos del 0,1% al año. Es como si la báscula de una tienda se equivocara en no más de un gramo por kilo durante un año de funcionamiento continuo.
Un módulo tan estable y poco exigente es un ladrillo para la futura red de telescopios de muones. Colocando detectores en distintos puntos, los científicos podrán ver cómo cambia el flujo de rayos cósmicos en diferentes direcciones. Y eso ya no es solo un contador, sino un verdadero barómetro del clima espacial.
Los muones son tan ubicuos que cada segundo atraviesa tu palma aproximadamente un muón.