Una lagartija que cae de una rama no solo da volteretas: atrapa el aire con el cuerpo y convierte la caída en un deslizamiento. Los ingenieros llevan tiempo copiando esas maniobras, pero hasta ahora no existía un lenguaje común para comparar el planeo de una serpiente, una lagartija y un ala artificial. El nuevo trabajo introduce ese lenguaje: un mapa tridimensional de velocidades en el que se ve hacia dónde se desliza inevitablemente cualquier movimiento.
Primero, los autores notaron que, sin importar cómo se lance un planeador, su velocidad se pega rápidamente a una superficie invisible, a la que llamaron superficie de velocidades estacionarias (variedad terminal). Luego, el movimiento avanza lentamente sobre esa superficie hacia un punto de equilibrio: el planeo estable. Pero en la superficie hay un pliegue que separa dos destinos: de un lado, un descenso suave y largo; del otro, una caída pronunciada donde el aire ya no sostiene, sino que frena.
Esta geometría se construyó para tres perfiles: uno inspirado en la serpiente voladora, otro en la lagartija Draco y el clásico perfil aeronáutico. Resultó que en los perfiles bioinspirados el pliegue está ubicado de forma compacta, por lo que incluso con una gran dispersión de condiciones iniciales (cómo saltó la lagartija, con qué velocidad y bajo qué ángulo) cae con más frecuencia en el régimen de planeo suave. En el ala clásica, la región de planeo estable es más estrecha: se necesita un lanzamiento preciso.
El trabajo une la biología y la ingeniería en un mismo marco geométrico. Ahora la fiabilidad del planeo se puede evaluar no con una serie de pruebas, sino por la forma de la superficie divisoria, como por un mapa de collados se juzga la transitabilidad de las montañas.
Las lagartijas Draco en vuelo despliegan sus costillas, convirtiendo el cuerpo en una especie de ala delta, y pueden volar hasta 60 metros de árbol a árbol.