Una estrella como el Sol zumba como una campana: en su interior, las ondas sonoras hacen que la superficie tiemble apenas perceptiblemente. Por ese temblor, los astrónomos, como médicos que toman el pulso, juzgan la temperatura, la densidad y la edad de la estrella. Pero el telescopio 'Kepler' notó una rareza: en muchas estrellas que giran rápido y están cubiertas de manchas, no se oye temblor. Como si hubieran perdido la voz.
Para entender por qué, los científicos construyeron un modelo computacional de una estrella y la hicieron girar cada vez más rápido, desde cero hasta ocho rotaciones, que el Sol hace en una sola de sus vueltas. Resultó que la rotación amortigua la convección, la mezcla de capas de gas calientes y frías que precisamente genera las ondas sonoras. Las burbujas calientes dejan de ascender libremente, como los jinetes de un carrusel se estorban cuando el carrusel gira demasiado rápido.
Así que el silencio de las estrellas de rotación rápida no es casualidad ni un defecto de las observaciones. La rotación por sí misma cambia la música interna de la estrella. Los astrónomos que escuchan a las estrellas ahora tendrán que hacer una corrección por su danza.
El Sol da una vuelta sobre sí mismo en unos 27 días terrestres, pero su ecuador gira más rápido que los polos, como si un carrusel girara de manera desigual.
En la novela 'Solaris' de Stanislaw Lem, el océano del planeta muestra una actividad extraña que los científicos intentan comprender por señales indirectas, algo parecido a como los astrónomos escuchan el temblor de las estrellas para mirar en su interior.