Un cristal que por dentro parece una esponja con un laberinto de poros resultó capaz de realizar cálculos. El material, llamado DUT-8, está formado por nodos metálicos y conectores orgánicos que crean una red calada. Bajo la acción de diferentes gases, esta red cambia ligeramente de forma, como un castillo de naipes que se reacomoda con un leve soplo.
Los científicos dirigieron rayos X hacia la muestra y observaron su dispersión. Cada gas dejaba una "huella" única en el patrón de dispersión, y con esas huellas el sistema aprendía a distinguir las señales de entrada. Resultó que el material no solo reacciona al estímulo actual, sino que también recuerda los anteriores, como una persona que se sobresalta ante un ruido fuerte y luego permanece alerta durante un tiempo.
Un sistema construido con este material logró reconocer patrones y predecir secuencias tan bien como reservorios físicos más grandes. Los autores llamaron a este fenómeno "desorden receptivo": el caos dentro del cristal resultó no ser un obstáculo, sino un recurso computacional. Quizás en el futuro estos materiales se conviertan en la base de dispositivos diminutos y eficientes que aprenden mientras trabajan.
Los armazones metal-orgánicos son tan porosos que un gramo de este material puede tener una superficie interna del tamaño de un campo de fútbol.
La idea de un material que aprende por sí mismo de los estímulos externos recuerda a la nave "viva" de la serie "Firefly": una tecnología que se adapta a su entorno.