En los planetas que siempre muestran la misma cara a su estrella, las montañas pueden cambiar el clima y ayudar a derretir el hielo en el lado nocturno. Esto hace que esos mundos sean más aptos para la vida. Sorprendentemente, el relieve actúa como una cuchara gigante que remueve la atmósfera y esparce la humedad. Tal vez las cadenas montañosas sean la clave de la habitabilidad en planetas lejanos.
En los exoplanetas que siempre dan la misma cara a su estrella, la mitad nocturna está condenada a un frío eterno. Pero las montañas pueden cambiar las cosas. Las irregularidades de la superficie agitan el océano de aire, dirigiendo flujos de humedad a través del límite entre el día y la noche. Al llegar a la oscuridad, el agua se congela en las nubes, y las nubes actúan como una manta: retienen el calor y evitan que el mundo se enfríe. Los modelos informáticos mostraron que incluso colinas modestas —no los Himalayas, sino pequeñas elevaciones— rompen los vórtices de aire simétricos y generan una corriente en chorro. Esta, como una cinta transportadora, arrastra la humedad hacia la noche, y la manta se vuelve más gruesa. El planeta se descongela, incluso si la estrella calienta débilmente. El telescopio James Webb podrá comprobarlo analizando la luz que atraviesa la atmósfera (espectroscopía). Así que el destino de mundos lejanos no solo depende de la distancia a su estrella, sino de cada pliegue en su superficie.
🎯 En la Tierra, las cordilleras generan ondas de aire que provocan sequía en un lado y lluvias torrenciales en el otro. Pero en los exoplanetas, este mismo mecanismo puede derretir un mundo helado por completo.