Los científicos descubrieron: en una cadena de partículas cuánticas a cualquier temperatura finita, existe un límite para el entrelazamiento. Si se corta un trozo más largo que ese límite, las dos mitades se vuelven completamente independientes, como un collar de cuentas roto. Esto explica por qué en el cálido mundo macroscópico no vemos las maravillas cuánticas. ¿Dónde está la frontera entre el micromundo y la realidad cotidiana?
El entrelazamiento cuántico funciona como una correa: une las partículas, pero la longitud de esta atadura está estrictamente limitada. En una cadena de partículas, el calor hace el papel de un perro impaciente que tensa la correa: cuanto más calor, más corta es la distancia a la que aún se mantiene la conexión.
Los físicos han demostrado que a cualquier temperatura por encima del cero absoluto existe una longitud finita de entrelazamiento. Corta un trozo de la cadena más largo que este valor y la correa se rompe. Las mitades izquierda y derecha se vuelven completamente independientes, como dos perros que ya nada mantiene unidos.
Para los ordenadores cuánticos, esto significa que el entrelazamiento no se puede estirar entre cúbits distantes: el ruido térmico lo rompe. En esta lucha, la entropía desempeña un papel clave: es la medida del desorden, que aumenta con la temperatura y acorta la correa. Sorprendentemente, incluso al enfriar casi hasta el cero absoluto, la longitud de la correa sigue siendo finita, apenas se alarga un poco. Las conexiones cuánticas de largo alcance seguirán siendo un sueño inalcanzable.
🎯 Pocos lo saben, pero un límite similar funciona en el mundo de la biología: las vías neuronales no pueden ser infinitamente largas, de lo contrario la señal se perdería en el ruido. El entrelazamiento cuántico obedece la misma regla: las largas distancias le están vedadas.