Una fina película de arseniuro de indio sobre un sustrato aislante se comporta como un termo de doble pared: los electrones en su interior apenas ceden calor al cristal circundante. En un metal común, los electrones intercambian rápidamente energía con las vibraciones de los átomos, por lo que su temperatura siempre está cerca de la del material. Aquí, en cambio, el acoplamiento es tan débil que el gas electrónico puede calentarse o enfriarse de forma independiente, casi sin gastar energía.
Los investigadores midieron este efecto con una unión Josephson, un contacto superconductor que funciona como un termómetro de altísima precisión. Descubrieron que a temperaturas por debajo de un kelvin (más frío que el espacio exterior), los electrones permanecen aislados de la red, y la superconductividad se mantiene incluso bajo un campo eléctrico intenso. Esta combinación —débil acoplamiento térmico y total control eléctrico— hace que el material sea ideal para crear circuitos térmicos donde los flujos de calor se controlan igual que las corrientes en la electrónica convencional.
La utilidad práctica está en los detectores de fotones individuales: un fotón absorbido calienta ligeramente los electrones, y ese diminuto aumento de temperatura puede registrarse con gran precisión. Estos detectores son necesarios para la comunicación cuántica y las observaciones astronómicas. Además, la plataforma promete ser la base de la 'caloritrónica', el control del calor a nanoescala, donde el calor se transporta de forma dirigida, como por cables, en lugar de caótica.
La unión Josephson utilizada como termómetro es tan sensible que puede detectar el calentamiento causado por un solo fotón.
En la novela de Arthur C. Clarke 'La luz de otros días' se mencionan detectores ultrasensibles capaces de captar un fotón individual desde las profundidades del espacio; esta tecnología acerca esa trama a la realidad.