Según la teoría de Einstein, los objetos masivos provocan curvatura del espacio-tiempo, como una pesada bola que hunde una lámina de goma. Al acelerar, generan ondas — ondas gravitacionales, similares a los círculos que hace una piedra al caer en un estanque. Por lo general, estas ondas son solo de dos tipos: estiran y encogen el espacio alternativamente. Pero algunas teorías predicen otro tipo de vibraciones. Unas «respiran» uniformemente, pulsando en todas direcciones; otras retuercen el espacio, como un remolino. El futuro detector espacial LISA se encargará de buscar estas ondas inusuales procedentes de pares de agujeros negros gigantes. Los cálculos muestran que LISA es especialmente sensible a las ondas de torsión: se pueden detectar con una precisión 2 o 3 veces mayor que las respiratorias. Es como captar un susurro en medio del ruido. La precisión alcanzará milmillonésimas: como pesar un grano de arena y notar si aumenta una milésima parte de su masa. Ni siquiera las desviaciones más leves de la teoría de Einstein escaparán a LISA... y quizá descubramos que la gravedad no solo atrae, sino que también retuerce el propio espacio.
En los últimos instantes de la fusión de dos agujeros negros se produce un estallido de energía más brillante que la luz de todas las estrellas del universo juntas, y LISA podrá oír este «grito» del espacio desde miles de millones de años luz.
En la película «Interstellar», las curvaturas de la gravedad permitieron a los personajes viajar en el tiempo. En la realidad, las inusuales ondas gravitacionales podrían ser la clave para una nueva física.