La clave secreta en la comunicación cuántica se transmite mediante fotones individuales. Es imposible espiar ese canal: cualquier intento de interceptación destruye la partícula y deja rastro. Pero la idea tiene un punto débil: el hardware real, que a veces se comporta de manera distinta a lo que dicta la teoría.
El detector de fotones individuales se asemeja a un timbre que no solo responde al botón, sino también a un golpe fuerte en la pared. Los investigadores probaron un fotodetector de avalancha que opera a una frecuencia de 312,5 megahercios. Resultó que, al aumentar la energía del pulso, no solo chasquea con más frecuencia, sino también notablemente antes: el desplazamiento supera los 2 nanosegundos. Para comparar: la luz en ese tiempo recorre solo 60 centímetros.
Ese retraso abre una brecha. Un atacante puede ajustar el brillo del destello para que el clic del detector salte de una ranura temporal a la contigua. Entonces, el bit recibido no será el que envió el usuario legítimo, y las pruebas de seguridad dejarán de funcionar. Los autores propusieron dos esquemas de ataque que aprovechan este efecto.
La protección cuántica sigue siendo sólida sobre el papel, pero cada nueva mirada al hardware nos devuelve a una idea sencilla: la seguridad no es solo matemáticas, sino también el soldador.
El desplazamiento en el tiempo de activación del detector supera los 2 nanosegundos; en ese lapso, la luz recorre solo 60 centímetros.