Alrededor de la estrella Épsilon Indi, visible a simple vista desde el hemisferio sur, orbita un planeta del tamaño de Júpiter. La temperatura allí es como la de un buen congelador: 200 grados bajo cero. El telescopio JWST lo ha fotografiado directamente por primera vez y ha medido la luz que emite en el infrarrojo.
La luz del planeta a 11,3 micrómetros resulta notablemente más brillante que a 10,6 micrómetros. Ese salto es la huella del amoníaco en la atmósfera. Pero la señal es más tenue de lo que se esperaba. Los astrónomos sospechan que la culpa la tienen las nubes de hielo de agua. Son como una cortina tupida en la ventana: esconden parte de la luz y no dejan ver lo que ocurre más adentro.
Si estas nubes de hielo existen en este planeta, es probable que también sean comunes en otros gigantes fríos. Entonces habrá que revisar nuestros modelos de atmósferas, que suponen cielos siempre despejados. Estas nubes pueden alterar la temperatura, la química e incluso el aspecto del planeta en el telescopio.
Ahora los científicos quieren medir la luz de otros gigantes fríos en las mismas longitudes de onda. Si la marca del amoníaco aparece atenuada en todos, las nubes de hielo no serán la excepción, sino la regla. Y entonces la pregunta de por qué son así se convertirá en un nuevo enigma.
La temperatura en el planeta Eps Ind Ab ronda los 200–300 kelvin, es decir, entre –73 y +27 °C, como un invierno en Siberia o un refrigerador.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano del planeta oculta sus secretos bajo las nubes; aquí, las nubes de hielo también nos ocultan la composición de la atmósfera.