El rayo láser incide sobre una película de oro y plata durante apenas unos nanosegundos: en ese tiempo, la luz recorre una distancia menor que un metro. En el punto de impacto, el metal hierve, se dispersa y se solidifica formando un patrón aleatorio de diminutas partículas. Cada patrón es irrepetible, como las grietas en el hielo o las ramas de un árbol. Reproducirlo deliberadamente es imposible: la más mínima vibración del rayo o una mota de polvo cambian el resultado.
Estas partículas funcionan como antenas en miniatura: la luz de un color determinado las hace resonar, y la señal reflejada se vuelve brillante y reconocible. Si se ilumina la etiqueta con láser rojo, verde y azul, se obtienen tres respuestas distintas. Así, un solo patrón se convierte en varias llaves a la vez, como si una cerradura se abriera con tres giros diferentes. La capacidad de esta llave es de unos 28 mil bits, es decir, más que la de un código QR estándar.
Las llaves creadas por láser no temen a la humedad, al calor ni a los arañazos. Se pueden aplicar directamente sobre plástico, vidrio o metal sin productos químicos ni máscaras. Esta simplicidad abre el camino a la protección masiva: desde tarjetas bancarias hasta envases de medicamentos, donde es crucial distinguir el original de la falsificación.
Un milímetro cuadrado de esta etiqueta puede almacenar más información aleatoria de la necesaria para marcar de forma única a cada persona en la Tierra.
En la serie 'Westworld', los androides llevan marcas ópticas ocultas para su identificación: las llaves plasmónicas láser podrían ser un prototipo real de esa tecnología.