En los albores de la Tierra, hace unos cuatro mil millones de años, el planeta era un lugar hostil: un sol tenue, frecuentes impactos de asteroides, aire sin oxígeno. En tales condiciones, los primeros pasos de la vida parecen casi imposibles. Pero existe la hipótesis de que la vida se refugió en cálidos estanques poco profundos, donde el agua se secaba y volvía a llenarse. Estos ciclos, como la evaporación de la sal del agua de mar al sol, concentraban las moléculas necesarias, ayudándolas a unirse en cadenas más complejas: las futuras ARN.
Uno de los ingredientes clave de este proceso es el cianuro de hidrógeno (HCN), un gas venenoso con olor a almendras amargas. Puede llegar a los estanques por dos vías: caer del cielo con los meteoritos o formarse en la propia atmósfera y ser arrastrado por la lluvia. Los investigadores construyeron un modelo informático de la atmósfera y compararon estas dos fuentes. Resultó que la entrega atmosférica de HCN suele ser mayor que la meteórica, y esto es válido para las condiciones más diversas: en estrellas similares al Sol y en enanas rojas, con distintas composiciones del aire.
Esto significa que el cianuro de hidrógeno probablemente no fue un cuello de botella en el camino hacia la vida. Si está en abundancia, las posibilidades de que aparezcan las primeras moléculas de ARN en otros planetas rocosos podrían ser mayores de lo que se pensaba. Sin embargo, los autores advierten: esto es solo un ladrillo, no toda la construcción.
El cianuro de hidrógeno existe en el espacio: se encuentra en cometas y en las atmósferas de planetas lejanos, y en la Tierra pudo acumularse en estanques, como la sal en un mar que se seca.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano del planeta engendra estructuras extrañas: quizás los primeros pasos de la vida allí también comenzaron con moléculas simples como el HCN.