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El telescopio James Webb captó la radiación de helio ionizado, una señal de que en el joven Universo ardían estrellas hechas solo de hidrógeno y helio: los primeros soles.
Abstract
Gracias al telescopio James Webb, los científicos confirmaron la existencia de una fuente de luz inusual cerca de la galaxia más lejana conocida, GN-z11. Esta luz, comparable a una huella dactilar de las estrellas de primera generación, indica que estamos viendo rastros de las primeras estrellas del Universo. ¿En qué se diferenciaban estas estrellas de las actuales y cómo encendieron el cosmos?
Links in the knowledge graph 1
400 millones de años después del Big Bang, el telescopio James Webb detectó una mancha brillante cerca de la galaxia GN-z11, como un faro lejano cuya luz atravesaba la oscuridad primigenia. Al descomponer el brillo en colores, los astrónomos encontraron una línea nítida de helio incandescente, cuyos átomos habían perdido electrones por el calor inimaginable.
Este tipo de resplandor solo lo producen estrellas compuestas casi en su totalidad de hidrógeno y helio, sin ningún elemento pesado: las llamadas estrellas de primera generación (población III). Vivían poco, pero brillaban con una intensidad feroz, y luego explotaban, esparciendo las primeras motas de carbono y oxígeno.
Giro inesperado: la mancha no era una estrella solitaria, sino un cúmulo entero, un faro colectivo cuyo brillo conjunto captamos. Sin esos primeros soles, el cosmos seguiría siendo un mar estéril de hidrógeno y helio.
🎯 Las estrellas de primera generación probablemente eran cientos de veces más masivas que el Sol y se consumían en un par de millones de años: en escalas cósmicas, menos que un parpadeo.