Un punto cuántico es como una lámpara individual que se enciende y se apaga a la orden de un láser, emitiendo exactamente un fotón a la vez. Pero esta luz tiene una peculiaridad: los fotones no se llevan bien entre sí, vuelan independientes, como gotas al azar de un grifo.
Los científicos hicieron pasar esta luz por un dispositivo de dos espejos y divisores de haz: un interferómetro de Mach-Zehnder. Hicieron un brazo un poco más largo para que el fotón tardara más en recorrerlo. A la salida, los espejos casi aniquilan los fotones individuales, pero no del todo. Como resultado, nacen pares de fotones que aparecen simultáneamente o con un retraso.
Cuando estos pares se separan hacia dos detectores y se miden las coincidencias, se obtiene un patrón que viola la desigualdad de Bell. Esta es una prueba estricta: la física clásica lo prohíbe, mientras que la mecánica cuántica lo permite. Así que el enredamiento está realmente creado.
Este método no requiere cristales complejos ni trampas: solo un punto cuántico, un láser y unos pocos espejos. Abre un camino sencillo para generar fotones enredados para comunicación y computación cuánticas.
El punto cuántico es tan pequeño que en la punta de una aguja cabrían miles de millones de estos puntos, pero cada uno emite fotones estrictamente de uno en uno.