Una fina lámina de grafeno de unos pocos micrómetros de espesor se colocó en un campo magnético débil, y comenzó a expulsarlo de su interior, como una esponja que, al ser comprimida, expulsa el agua. Este efecto, conocido como efecto Meissner, es la señal distintiva de un superconductor: un material que conduce la corriente sin pérdidas. Aquí la superconductividad aparece a una temperatura muy baja, pero el hecho mismo de que surja en el grafeno —una película de carbono— ya no es novedad. La novedad está en cómo aparece.
Para verlo, los científicos midieron los diminutos campos magnéticos alrededor de la muestra, mil millones de veces más débiles que el campo de un imán de nevera. Estos campos mostraron que la superconductividad no se activa de manera gradual, sino en plena reorganización del orden magnético interno: las agujas magnéticas atómicas dentro del material comienzan a inclinarse y a alinearse en una nueva dirección. La superconductividad y esta inclinación surgen simultáneamente, como si una no pudiera existir sin la otra.
Esta conexión entre superconductividad y orden magnético no encaja en la teoría estándar que describe la mayoría de los superconductores convencionales. Aquí, la superconductividad parece surgir debido a las propias interacciones magnéticas. Comprender este mecanismo es un paso hacia la creación de superconductores que funcionen a temperaturas más altas y, por tanto, hacia una transmisión de energía más eficiente y nuevos dispositivos electrónicos.
El efecto Meissner, en el que un superconductor expulsa el campo magnético, se puede ver a simple vista: si se enfría un superconductor y se coloca un imán sobre él, este quedará suspendido en el aire.
En la novela de Arthur C. Clarke 'El fin de la infancia', los extraterrestres usan superconductores para la levitación, pero allí funcionan a temperatura ambiente; por ahora, eso es ciencia ficción.