En una orquesta donde cada músico toca la misma nota, el sonido se funde en un potente unísono. Así surge el condensado de Bose — Einstein: una multitud de partículas bosónicas que, a temperaturas extremadamente bajas, se comportan como un todo. Pero para el unísono se necesita una «batuta de director»: la ruptura de simetría, que obliga a los bosones a ocupar un único estado. Y el mito de la «gran catástrofe canónica» queda desmentido: el sistema permanece estable. Dato curioso: el popular método de la «aproximación de Popov» no tiene nada que ver con el científico Popov; un error histórico le otorgó el nombre de otro. Estos conocimientos permiten modelar con precisión el superfluido helio y la materia de las estrellas de neutrones, evitando errores de cálculo.
El nombre «condensado» no significa líquido: las partículas que lo componen ocupan el mismo estado cuántico, por lo que se comporta como una sola entidad, como una «sopa cuántica» con una coherencia perfecta.