La neurona escucha el mundo eléctrico como un micrófono sensible. Sus «oídos» son los canales iónicos en la membrana: se abren en respuesta al voltaje generado por el flujo de partículas cargadas. Pero en este flujo las interferencias son inevitables. Primero se hace notar el ruido de disparo: cada ion, al saltar a través del canal, da un golpe microscópico, como una gota de lluvia esporádica sobre un techo de hojalata. Para un solo canal, esto limita la precisión a unos 10 milivoltios.
Cuando la señal es recogida por cientos de canales, los golpes de disparo se promedian, pero surge otra amenaza: el ruido térmico, el temblor incesante de las moléculas causado por el calor. Este zumbido de fondo nunca desaparece y establece el límite final de la sensibilidad neuronal. Sorprendentemente, la transición de un ruido a otro ocurre precisamente a las densidades de canales que se observan en las neuronas reales. En el cono axónico, donde la velocidad es crucial, hay cientos de veces más canales que en el cuerpo celular: la naturaleza economiza recursos, trabajando al borde de las leyes físicas.
La transición del dominio del ruido de disparo al ruido térmico ocurre a densidades de canales que coinciden sorprendentemente con las medidas en distintas regiones de la neurona. Por ejemplo, en el cono axónico hay cientos de veces más canales que en el cuerpo celular, justo donde se necesita velocidad de transmisión de la señal.