Cuando la luz atraviesa un medio turbio —por ejemplo, un vaso de leche o un vidrio esmerilado— se dispersa en todas direcciones. Pero a veces, en lugar de dispersarse, queda atrapada en diminutos «bolsillos» dentro del material. Estos bolsillos son lo que los físicos llaman modos localizados: la luz cae en una trampa y no puede escapar.
Hasta ahora era difícil medir el tamaño de uno de estos bolsillos. Los autores del nuevo trabajo idearon un método: ajustan la luz incidente para que coincida perfectamente con la forma del bolsillo. Es como encontrar la llave exacta para una cerradura: la luz entra sin pérdidas y llena la trampa por completo. Este ajuste preciso permitió, por primera vez, medir directamente el tamaño de la trampa más pequeña.
Los científicos probaron el método en dos redes artificiales con agujeros. Descubrieron que si los agujeros se hacen más grandes, el bolsillo se encoge: la luz queda atrapada en un lugar aún más estrecho. Este hallazgo ayudará a crear láseres de medios aleatorios y a mejorar la óptica no lineal.
La localización de la luz es pariente de un fenómeno que en 1958 mereció el Premio Nobel: los electrones también pueden quedar atrapados en «pozos» aleatorios dentro de materiales desordenados.