En las frías nubes de gas interestelar se extienden largos y densos filamentos. En ellos, como en incubadoras abarrotadas, maduran las futuras estrellas. Durante mucho tiempo se pensó que dentro de estos filamentos todo estaba gobernado por la gravedad: la materia fluye suavemente hacia los centros, donde la densidad aumenta y finalmente estalla una estrella.
Pero nuevas observaciones revelan un panorama diferente. Los científicos estudiaron 49 de estos filamentos en diferentes regiones de formación estelar utilizando los radiotelescopios ALMA. Siguieron cómo se mueve el gas a lo largo y a lo ancho de cada filamento. Resulta que en escalas de décimas de año luz (aproximadamente la distancia del Sol a las estrellas vecinas) el movimiento del gas es completamente desordenado. Los flujos se dirigen en todas direcciones, sin ninguna relación con la forma del filamento o la dirección de la fuerza gravitatoria.
Tal caos indica que dentro de los densos filamentos el papel principal no lo juega la gravedad, sino la turbulencia: movimientos vorticiales y desordenados del gas. Es como si en un autobús lleno de gente los pasajeros no estuvieran quietos, sino que se empujaran constantemente, estorbándose unos a otros.
Este descubrimiento es importante porque es precisamente en estos filamentos donde se establecen las condiciones para el nacimiento de estrellas. Si el gas se mueve caóticamente, entonces los cúmulos de los que luego surgen las estrellas no se forman como se suponía antes. Quizás la turbulencia ralentiza o, por el contrario, acelera este proceso en diferentes lugares.
El resultado está respaldado por estadísticas: los investigadores analizaron cientos de mediciones de velocidad del gas y no encontraron ni el más mínimo indicio de movimiento ordenado. Esto es un serio desafío al viejo modelo donde la gravedad era considerada el director principal en las nubes. Ahora hay que comprobar si las simulaciones por computadora confirman estas observaciones.
La densidad del gas en estos filamentos es miles de veces menor que el aire de una habitación, pero debido a sus enormes dimensiones, es suficiente para encender nuevas estrellas.