Si colocamos un kaón en un campo eléctrico, se estira ligeramente, como un globo que frotamos con lana. Esta respuesta —la polarizabilidad eléctrica— indica cuán rígida es la estructura interna de la partícula. Para el kaón cargado se ha medido por primera vez, y el número es este: alrededor de una diezmilésima parte del volumen que ocupa un protón.
El cálculo se realizó en una supercomputadora, dividiendo el espacio-tiempo en una diminuta malla —como si congeláramos instantes para examinar cada uno. En esa malla, el kaón no es un punto, sino una nube de quarks, y su respuesta al campo se compone de dos partes. La primera es elástica: la partícula se comporta como un todo, y su tamaño ya se conocía por la dispersión de electrones. La segunda es inelástica: el campo hace que los quarks internos oscilen como cuerdas, y esta parte se aisló restando la primera de la respuesta total.
El resultado es aún modesto en precisión: el error es mayor que la mitad del propio valor. Pero es una prueba de que el método funciona para partículas con quark extraño. En el futuro, añadiendo más potencia de cálculo y teniendo en cuenta los pares de quarks virtuales, los físicos esperan obtener un número con el que se puedan comparar los experimentos.
El kaón es una de las pocas partículas que puede transformarse en su antipartícula y viceversa, y esta transformación mostró por primera vez que en la naturaleza no siempre se conserva la paridad combinada.
En la novela «El problema de los tres cuerpos» de Liu Cixin, los extraterrestres utilizan partículas subatómicas para la comunicación superlumínica — propiedades exóticas similares de los kaones inspiran a los escritores de ciencia ficción con ideas sobre la manipulación de la materia.