Un agujero negro ordinario se asemeja a un embudo en cuyo centro el espacio y el tiempo se cortan en un punto: la singularidad. Allí la densidad se vuelve infinita y las leyes de la física dejan de funcionar. Pero, ¿y si en el interior, en lugar de un corte, hubiera un fondo liso?
Los autores del trabajo construyeron precisamente ese modelo. Añadieron a las ecuaciones de Einstein un campo especial: un triplete escalar y un sector auxiliar que no se propaga por sí mismo. Con una configuración esféricamente simétrica tipo 'erizo', la solución da un agujero negro con geometría regular: su curvatura es finita en todas partes. En el interior se forma un núcleo que recuerda al espacio de de Sitter (expandiéndose, como nuestro universo a gran escala), y por fuera el agujero es prácticamente indistinguible del de Schwarzschild. La primera diferencia solo aparece en correcciones del orden de $r^{-4}$, es decir, muy cerca del horizonte.
Los investigadores comprobaron la termodinámica de estos objetos y su comportamiento en campos fuertes. Resultó que la regularidad aquí es puramente geométrica: los invariantes de curvatura no explotan, aunque el propio campo material en el centro no es del todo liso. Esto recuerda a una pelota de goma que se comprime, pero no hasta un punto: la superficie permanece intacta, incluso si por dentro hay microfisuras.
Este enfoque no requiere materia exótica ni correcciones cuánticas: solo campos clásicos sujetos a ciertas restricciones. Quizás así es como la naturaleza evita las singularidades, reemplazándolas por 'núcleos' finitos.
El término 'agujero negro' fue acuñado por John Wheeler en 1967, pero la idea de objetos de los que no puede escapar la luz se remonta a John Michell en 1783.
En la novela 'Esfera' de Michael Crichton, los héroes encuentran un objeto perfectamente liso de origen desconocido: quizás sea un artefacto de una civilización que aprendió a crear agujeros negros regulares.