Una piedra lanzada describe un arco nítido, pero la posición de un electrón en un átomo está difuminada, como una niebla. La transición de uno a otro es un misterio. Un nuevo trabajo muestra que la borrosidad no desaparece por culpa del observador, sino por la propia gravedad.
Los autores escribieron una ecuación similar a la de Schrödinger, pero con dos términos adicionales. El primero es la autointeracción gravitatoria: la partícula se atrae a sí misma, y esta atracción es más fuerte cuanto más masiva es. El segundo es una repulsión a distancias ultracortas que impide que la onda se comprima hasta un punto de densidad infinita. Juntos funcionan como un muelle con tope: por encima de cierta masa, el estado difuso pierde estabilidad y el sistema cae a uno de varios grumos densos.
Los cálculos con una función de prueba simple mostraron que la pérdida de estabilidad ocurre de forma abrupta: nace una bifurcación donde la nube difusa previa ya no puede existir. La más mínima desviación del estado inicial decide qué grumo se forma. No se necesitan empujones aleatorios externos: la elección está inscrita en la propia dinámica.
Este enfoque proporciona por primera vez un mecanismo cuantitativo para la localización gravitatoria sin las patologías de modelos anteriores. Podría verificarse en sistemas mesoscópicos: objetos de miles de átomos que se balancean en la frontera entre los mundos cuántico y clásico.
Para una partícula con una masa de una milmillonésima de gramo, la borrosidad de su posición desaparece por sí sola en aproximadamente un milisegundo: más rápido de lo que tarda un parpadeo.
En la novela "El ladrón cuántico" de Hannu Rajaniemi, los efectos gravitatorios se utilizan para controlar estados cuánticos; el nuevo modelo acerca un poco más esa trama a la realidad.