Un flujo de electrones entra en el plasma como un chorro de agua golpea un estanque tranquilo. El chorro perturba la superficie, generando ondas que crecen rápidamente y mezclan el agua. En el plasma, este proceso se llama inestabilidad de Buneman: el haz de electrones excita oscilaciones que luego disipan su energía. Este fenómeno es importante para entender la resistencia anómala, cuando el plasma se opone a la corriente más de lo que predice la teoría ordinaria.
En el nuevo trabajo, los científicos examinaron cómo el movimiento térmico de iones y electrones afecta el crecimiento de la inestabilidad. Descubrieron que en un plasma cálido, la tasa de crecimiento difiere notablemente de las predicciones de los modelos simples que consideran partículas frías. La tasa de crecimiento máxima sigue dependiendo de la relación de masas del electrón y el ión, pero no de la relación de sus temperaturas. Este es un resultado inesperado que refina las ideas anteriores.
Al pasar de un plasma frío a uno cálido, la inhomogeneidad de los iones disminuye y la generación de bandas laterales (oscilaciones adicionales) se debilita. Debido a esto, la transferencia de energía del haz al plasma se vuelve menos eficiente. Este mecanismo vincula las fluctuaciones microscópicas de densidad con el calentamiento macroscópico, lo que puede ser relevante para experimentos de laboratorio y procesos astrofísicos donde se encuentran haces de partículas cargadas.
La inestabilidad de Buneman lleva el nombre del físico Oscar Buneman, quien la describió en 1959 mientras trabajaba en la simulación de plasmas en las primeras computadoras.