Una estrella de neutrones es el núcleo muerto de una estrella masiva, comprimido hasta el tamaño de una ciudad. Una cucharadita de su material pesa como una montaña. A través de un medio tan denso, las partículas de materia oscura viajan casi sin obstáculos, pero a veces chocan con los neutrones y quedan atrapadas, como balas que se incrustan en un banco de arena. Una vez asentadas en el centro, liberan energía y la estrella se calienta ligeramente.
Si la materia oscura puede interactuar consigo misma, el proceso es diferente. Imagina una multitud avanzando por un pasillo estrecho: cuando cada uno va por su cuenta, el avance es rápido; pero si además se agarran de las manos, el movimiento se ralentiza y se acumula más gente en el pasillo. Algo similar ocurre en la estrella: la autointeracción ayuda a que las partículas se queden más tiempo y transfieran calor más rápido. Como resultado, la superficie de la estrella se calienta más que sin ese efecto.
Estas estrellas frías son raras, pero son el objetivo perfecto. Si el James Webb o el futuro Telescopio de Treinta Metros detectan un objeto así, sería un argumento sólido a favor de la materia oscura autointeractuante. Las restricciones sobre la fuerza de esta interacción serían cientos de veces más estrictas que las obtenidas con el famoso Cúmulo de la Bala, donde chocaron cúmulos galácticos. Una estrella de neutrones se convierte en un laboratorio natural donde la materia invisible se delata por el calor.
Una estrella de neutrones del tamaño de Manhattan puede ser más caliente que el Sol en sus primeros años, pero se enfría durante millones de años; encontrar una estrella enfriada a mil kelvin es como descubrir un carbón apenas tibio en una fogata cósmica.
En la novela Spin, de Robert Wilson, las estrellas de neutrones sirven como faros para una red alienígena, casi como aquí, salvo que en lugar de una señal se capta el calor de la materia oscura.