Una hoja de papel doblada se puede atravesar con un lápiz, y el camino entre dos puntos se vuelve más corto. Así funciona más o menos la idea de un agujero de gusano: un túnel en el espacio que conecta regiones lejanas. Pero la gravedad tiende a colapsar ese túnel si no lo sostiene algo con presión negativa, como un globo inflado desde dentro impide que las paredes se junten.
Los autores del trabajo tomaron como base la geometría de Ellis–Bronnikov, la forma más simple de agujero de gusano que se mantiene gracias a un campo fantasma (energía oscura en miniatura). Demostraron que si se añaden campos electromagnéticos y campos de la dimensión extra, se obtiene todo un zoológico de soluciones. Lo más interesante: estas soluciones no están inventadas de la nada, sino que surgen de forma natural de una teoría de cinco dimensiones donde la dimensión extra está enrollada en un anillo diminuto.
Los científicos descubrieron que se pueden incluir simultáneamente cargas eléctricas y magnéticas, así como el campo vectorial de Kaluza–Klein, y aun así obtener un agujero transitable sin singularidades. Las matemáticas siguen siendo transparentes: las ecuaciones se reducen a relaciones algebraicas, no a simulaciones pesadas. Esto es poco común; normalmente estas construcciones requieren cálculos numéricos complejos.
Volviendo a la hoja de papel: las dimensiones extra, como pliegues invisibles, pueden esconder atajos a través del espacio. Y este trabajo muestra que esos atajos no contradicen la física conocida; solo hay que doblar bien.
El término «agujero de gusano» fue acuñado por el físico John Archibald Wheeler en 1957; antes se llamaban «puentes de Einstein–Rosen».
En la película «Interstellar», un agujero de gusano cerca de Saturno permite a los héroes llegar a otra galaxia, y su transitabilidad se explica precisamente por materia exótica, similar al campo fantasma de este artículo.