Lance una pelota casi paralela a la pared: se deslizará a lo largo de ella antes de rebotar. Con un haz de luz sucede lo mismo: al reflejarse en un ángulo muy bajo, se desplaza micrones. Este desplazamiento de Goos–Hänchen se consideró durante mucho tiempo solo una curiosa paradoja.
En un nuevo experimento, se mejoró el esquema clásico con prisma y película metálica, reemplazando el espacio de aire por una nube de átomos de rubidio enfriados. El láser de control hace que este medio sea transparente o absorbente, como si se untara la pared con lubricante a voluntad. Esta técnica espectroscópica fue predicha por Charles Townes y Roy Glauber, demostrando que la luz puede alterar las propiedades de la materia.
Ahora la medición precisa del desplazamiento del haz convierte un simple prisma en un sensor ultrasensible. El más mínimo cambio en la nube atómica —por ejemplo, la adhesión de una sola molécula— desplaza notablemente la luz reflejada. Y aunque la velocidad de la luz es constante, su trayectoria en la interfaz de los medios se convierte en una herramienta flexible.
El desplazamiento de Goos–Hänchen lleva el nombre de los físicos alemanes que lo midieron en 1947 con un prisma, una lámpara y una placa fotográfica. Su valor típico es de unos pocos micrómetros, pero en los esquemas modernos la amplificación alcanza cientos de veces, haciendo el desplazamiento visible a simple vista.