Mediante espectroscopía láser — un método que puede compararse con escuchar el eco de un cristal — los físicos investigaron un material en capas. Encontraron regiones donde los electrones se mueven libremente (bolsas de Fermi) y observaron que cada una de esas regiones se comporta de manera diferente.
Antes, el orden magnético, en el que los espines de los electrones se alinean en una formación estricta, se consideraba enemigo de la superconductividad — allí a los electrones les cuesta unirse en pares. Pero aquí estos dos no solo coexisten: la superconductividad florece justo dentro de la zona magnetizada. El magnetismo no estorba, sino que más bien acompaña la danza de pares de electrones, como un maestro estricto que de repente empieza a hacer los coros a un dúo de estudiantes.
Al pasar al estado superconductor, la entropía (medida del desorden) del sistema cae en picado — el orden aumenta. Y aquí viene el giro inesperado: en una de las capas, la brecha energética (el umbral que hay que superar para romper un par) alcanzó los 42 meV — una cantidad anormalmente alta para este material. Este descubrimiento tira por tierra las teorías que formularon Bardeen y Landau, y muestra que el modelo estándar es demasiado simple para describir la superconductividad de alta temperatura. El objetivo práctico: cables sin pérdidas.
El material pertenece a los cupratos, el primer tipo de superconductores que funcionan al enfriarse con nitrógeno líquido (–196 °C). Su descubrimiento en 1986 causó una sensación comparable a la carrera espacial y provocó una avalancha de documentales.
En la ciencia ficción, los superconductores son la clave para trenes levitantes y energía eterna. El descubrimiento de su alianza con el magnetismo hace estos sueños un poco más reales.